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Al que le guste, sobrevivirá
C
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uando todo el instituto Benforth se quedó sin
alumnos por los pasillos y la cancha principal, por irse a tomar sus clases,
los profesores iniciaron a laborar revisando las tareas que habían quedado. Algunos
otros aplicaban preguntas para prepararse para el examen de conocimientos que
se aproximaba; otros dictaban, otros enseñaban a leer, y otros recibían quejas
que algunos chicos hacían burlas por estar llevando pañales. Los profesores
estaban gustosos de la medida, pero no querían arrepentirse por si llegaba a
tornarse un ambiente de conflictos y problemas por algo que sería tan
momentáneo.
Los niños en general se sentían bien
con sus pañales, les era cómodo sentarse sobre la madera de sus pupitres y
gozar de una capa de algodón que envolvía sus pequeñas pompas. Por el
transcurrir de la mañana ninguno se había hecho pipí ni ensuciado, todos escribían
sus notas en el pizarrón como si nada pasase.
Al llegar las nueve de la mañana,
algunos chiquillos de tercer grado que habían bebido mucha agua ya sentían las
ganas de orinarse, y levantaban la mano para preguntar de si era en serio que
tenían que hacerse allí sentados y que todo lo absorbiera el pañal. A lo que su
profesor les afirmaba, y que para eso habían hecho un salón cubierto para ser
cambiados. En ese mismo salón de tercer grado, tres niños levantaron la mano que
ya se habían orinado, y se pusieron de pie, permitiendo ver a la clase entera
de treinta niños, que el bulto bajo sus pantalones estaba grande, redondo.
─¿Pero se ha empapado todo el pañal o
solo quedó la parte frontal? Porque si le falta que se use todo, entonces
esperen a que se llene para que valga el uso del producto─. Dijo el profesor
con tono alto para que todos escuchasen la recomendación cuando les tocara
hacer uso del baño portátil. Los tres niños que decían querer un cambio ya se
habían orinado bastante, de pocos en pocos chorritos, se les llenó y por estar
sentados, el peso de su cuerpo empujó la humedad hacia sus pompas.
─¡Que se lo bajen… para ver!─. Gritó
un chico, dando aplausos. Todos se rieron ante la petición para comprobar si
era cierto. Ellos tres accedieron inspirados en los vitoreos. Allí de pie en
sus pupitres se desabrocharon sus pantalones del uniforme e igual sus
calzoncillos, el cual sí tenía una marca de humedad en los elásticos que
cruzaban por sus entrepiernas. Todos los niños entonces inspeccionaron sin
perderse ningún detalle lo que era que un niño grandecito se orinase en un
pañal a esa edad, la cual no era tan grande, pero los pañales se suponían un
artículo superado en esos años de la breve vida. Al dejar ver a todos la
humedad en el algodón amarillo por enfrente y detrás, se subieron su ropa. El profesor
les dio permiso para que bajaran al salón de cambios. Los tres caminaron
apresurados para no llegar tan tarde a la clase.
En el salón de quinto grado, uno de
los chicos se encontraba animado a usar el pañal que le habían puesto sus
padres. Éste chico era uno de los desastrosos y retadores de la disciplina
docente, que casi frecuentemente llevaba notas en sus cuadernos a firmar por
sus padres. Por lo que con sus remolachas en el estómago, quería hacer sentir
olores a todos en un cambio de aire. Así que mientras la profesora veía a una
niña resolver problemas en el pizarrón, el chico atrevido a ser el primero en
ser cambiado de algo tan jugoso y sucio, sin ponerse de pie ni llamar la
atención, empezó a sentarse un poco inclinado, y empujó todas las ganas que
retenía de hacer popó, por el hecho que su desayuno había sido muy numeroso y
pesado. El niño que se hallaba a su lado sintió el olor, los ventiladores
regaron el aroma rápidamente, distrayendo la concentración de todos y la
profesora.
─¿Quién se hizo aquí?─. Preguntó la
profesora.
Los niños se miraban unos a otros,
buscando quién, y lo detectaron cuando uno se hallaba como encogido, con la
cara roja y en una posición en su silla un poco rara. La mujer se puso de pie
para apoyarle en eso, y le dijo:
─Vamos hijito, ve al salón de cambios
y camina despacio, no corras para que no se te vaya a salir la suciedad. Allá te
van a limpiar─.
Muchos chicos de ese grupo se tapaban
la nariz, otros solo observaban que su compañero no iba manchado de la tela de
su pantalón, solo despedía un olor a pañal sucio, y sobre todo, al caminar sus
pompas se le veían mucho más grandes y redondas. Luego la profesora añadió:
─Si alguien más quiere cambio,
entonces salga ahora─.
Pero todos se miraron de nuevo, nadie
se animó a levantarse.
Cuando los niños de cada salón salían
en camino al área de limpieza, una maestra practicante había llegado para
orientar y animar a los chiquillos a que se dejasen cambiar en el lugar, quien
al verlos con sus ojos temerosos, los llevaba de la mano y en grupo al salón.
El personal destinado a cambiarles, se
hallaba atendiendo ya a unos pocos, los que tenían en sus mesas sin zapatos ni
pantalón, solo con la playera del uniforme de gala subida hasta el pecho.
A los niños con el pañal sucio no les
impactó ver a otros compañeros del colegio desnudos, con sus pompas al aire o
recostados boca arriba mostrando sus penes, enteros y algunos circuncidados. Las
niñas en la división con una cortina oscura se veían entre ellas sin sentir
nada, se admiraban de lo bien que otras cooperaban y les gustaba respirar las
nubes de talco que les llegaba de la mesa al lado, cuando les echaban grandes
cantidades en sus vaginas. Ellas se impresionaban de que los chicos que les
gustaban de a partir de cuarto grado, llegaban con los pañales sucios y
mojados, algo que nunca habían pensado de ellos en ser capaces. Tampoco negaban
que querían asomarse en la cortina para verles el proceso de limpieza y mucho
más.
Todos ellos poco a poco iban saliendo,
terminando de ajustarse sus pantalones, fajándose la playera, con otro pañal
para el resto del día.
A la hora del recreo, a las once de
mañana, salieron de clases, felices, llevando sus comidas y otros preparaban su
dinero para comprarse sus golosinas.
Los profesores veían que los niños
platicaban con sus amigos, unos en pareja, otros en grupo, otros corrían; unos
hablaban de sus temas favoritos, de la novedad que fue el haber pasado a cambio
hacía poco y ser visto desnudo de la cintura hacia abajo, levantando las
piernas y permitiendo la limpieza con papel y toallitas para retirar los olores
a pipí, afirmando que la sorpresa de ver a otros con pañales era como sacado de
las películas de comedia. Los profesores con bajar la mirada hacia las redondas
pompas de sus queridos alumnos ya aprobados en grados anteriores, y los por
tener, podían afirmar quiénes querrían una liberación del pañal antes de irse a
casa. Lo bueno era que la medida estaba funcionando.
Un niño del salón de cuarto grado, se
encontraba cerca del campo de fútbol, atrás de un árbol, resistiendo las ganas
de llorar, pues se había hecho popó en el pañal, y no quería ser cambiado por
los personales ni las profesoras que ayudaban llevando más paquetes. Sabía que
pronto sonaría el timbre de regreso a clase y no quería ir oliendo mal. Cuando
su amiga y su amigo le vieron desde lejos, él les hizo un llamado con la mano. Ellos
llegaron corriendo a toda prisa. Al hallarse con él, le comprendieron y
sintiéndose animados a sacarle del problema, le prometieron dejarlo limpio. El niño
aceptó, puesto que ellos dos eran sus mejores amigos y siempre se contaban
muchas historias de todo tipo, de terror, de películas y a veces salían a los
parques para jugar con bicicleta. Sin perder más tiempo, el niño se desvistió
sobre el pasto, bajándose el pantalón y su calzón hasta los tobillos. Los dos
le abrieron el pañal para limpiarle así como con los bebés, pero al ver que no
tenían papel ni toallitas ni nada más, entonces se vieron en la opción de
llamar a los calificados para eso. Los otros niños que jugaban fútbol en el
campo veían la escena, sin poder creer aún el fenómeno total que era el asunto
de los pañales en la escuela, nunca antes se había visto eso, y ver a todos por
igual, desnudos en el salón de cambios era algo que nunca olvidarían. La niña
se fue corriendo, el niño sucio se mantuvo acostado sintiendo su popó hallarse
en todas sus pompas y sus entrepiernas. Su amigo se mantuvo observando las
manchas, afirmando que era mucha en la piel que nunca le había visto a su amigo
cercano. Cuando llegaron dos profesoras, sin moverle para cambiarle allí mismo,
le limpiaron con papel y lo necesario. Al final le pusieron otro pañal, pues
faltaba un tiempo más en la escuela.
Muchos niños que tenían pañal puesto
no querían hacer uso de él, les daba pena tener que ser vistos desnudos aunque
fuesen sus profesoras favoritas. Ellos se veían en el aprieto que ya les ardía
su vejiga por aguantar mucho tiempo; de igual forma las largas tiras de
suciedad las tenían acumuladas bajo presión. Cuando ese rumor llegó a oídos de
la directora, ella tomó el micrófono y se puso a indicar que todos deberían
usar sus pañales, sea para pipí o popó. Les volvió a indicar el suceso de los
sanitarios, que no servían y no lo harían por unos cinco días más, por lo que
no podrían perderse clases ni nada dentro del estudio, y los convenció con la
frase que compuso en ese momento con el fin que no se resistieran las ganas: Al que le guste hacerse en sus pañales,
sobrevivirá y será premiado…
Poco a poco se decidieron a aceptarlo,
pues si se bajaban la falda o el pantalón y se hacían en el suelo, les
llamarían la atención con reportes. Y armándose de valor se empezaron a liberar
en el pañal. Las niñas no se les apreciaba nada. Los varones cuando terminaban,
presumían su bulto frontal y sus pompas más redondas, más lisas y algunos
sufrían derrames por el hecho que el pañal les quedaba un poco chico, o no les
había absorbido bien la descarga a prisa.
Seguido tocaron el timbre de retorno a
clases.
Para entonces hubo una fila más larga
de cambios de pañal en el salón, que todos los personales encargados de eso
tenían que hacer la limpieza de sus pieles lento-rápido. Los niños se reían de
ellos mismos por oler a popó y otros a pipí. Para amenizarse sus tiempos de
espera, observando la desnudez de otros y sintiéndose con ganas de despejarse
calor por correr mucho, se retiraron los zapatos, el pantalón y el calzón. Muchos
hicieron eso mismo, apreciándose ahora una larga fila como de concierto, pero
de niños con los pañales mojados, amarillos totalmente, y otros con solo popó. Las
niñas no podían creer el nivel de los chicos, pero les daba risa ver a sus
amores platónicos en esa forma, llenos de sudor y con un pañal mal oliente. No faltó
una que otra niña que les dejaba ver el suyo mojado que tenía bajo su falda. Los
chiquillos sentían que se enamoraban de ellas.
Todos los niños sentían que los
pañales eran lo mejor del mundo. Muchos rezaban en sus mentes que ojalá los
baños no se lograsen reparar.
Por fortuna, para la hora de salida
todos los chicos lograron quedar sin pañales, listos para irse a casa. A los
que les había gustado no querían irse, ya esperaban el siguiente día…
...
Eres un LUJO de escritor ABDL amigo. ya sabes, sigue así, tus historias me ponen bien caliente.. :)
ResponderBorrarMe enorguellece que te guste demasiado, seguiré así está claro, pero no soy el único, también hay otros que hacen historias y otro tipo de arte ABDL, porfa también valórales su trabajo. :D :D
BorrarMe encanta esta historia, por favor continuala es muy buena
ResponderBorrarGenial historia me encanto
ResponderBorrarSigue por favor
ResponderBorrarMe encanto mucho.
Ya no puedo esperar.
jaja esa historia me hiso recordar mi infancia
ResponderBorrarcuando mi prima de 4 años me vestia de bebe con pañal y todo
joder. yo tenia 3 años y me gustaba mucho ese juego xd
Hola, me gustó mucho tu historia, continúa así.
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